Palabras chacales
Maira Colín
jueves 15 de marzo de 2012
#LifeisaMixTape Disco 8: Beastie Boys, Licensed to Ill
Corrían los noventa y en Toluca, la linda no se podía ver MTV. Ese MTV que se trataba de música y no de una copia pirata de Telehit en donde hay reality shows de gente y cosas inimaginables. MTV era lo que más me gustaba de ir a casa de mi tío Andrés en el Defe: ahí uno prendía la tele y ¡tarán! podías ver a Gonzalo (ahora fotógrafo) presentar grupos de metal; a la "rara" premeditada de Ruth o a la espectacular Daisy Fuentes dar la introducción a los videos de la programación.
En fin, el asunto fue que uno de esos sábados en los que mis hermanos y mis primos jugaban y yo me sentía completamente fuera de lugar porque ora sí que ni niña ni mujer, le prendí a la tele a escuchar y ver música. Y fue ahí, en una retahíla de videos que, de pronto, unos nerdos -que hoy bien podrían andar caminando sobre el camellón de Amsterdam en la Condesa- aparecieron en la pantalla.
La historia del video: sus padres se van de la casa y ellos deciden hacer una fiesta. Lo demás, ya lo conocen. Me pareció una de las piezas visuales más chingonas de la historia. Tomé el nombre del grupo del final del video, ya saben, ese pequeño texto en donde presentan el nombre de la rola, el grupo, el disco y la compañía disquera. Encontrar Licensed to Ill fue una verdadera pesadilla. Y ya sé que siempre me quejo de los 90 pero es que para los que lean esto y sean más jóvenes, de verdad, la música en México antes del internet era como buscar antiguedades valiosas en medio de la ranchería de San Francisco de Loyola.
Le encargué el disco al dealer de música de mi prima Susi, un chavo buena onda que tenía un puesto en la Lagunilla. Nunca lo consiguió. Fue hasta que salí de la prepa que un noviecillo que tuve me grabó el cassette. ¡Traz! Un sonido como de batería y después, algo raro, un chiqui chiqui chín, un sonido que va y viene, un quiénsabequé que me recordaba a lo que suena una superficie dura cuando la frotas contra el suelo polvoso. Sí, para algunas personas como yo no había la familiaridad con el asunto del DJ, y las tornas y el scratch y todo ese rollo.
Licensed to Ill fue, un poquito, como cuando tienes sexo por primera vez. Raro, con una cadencia completamente distinta a todo lo que que yo solía tener en mis cassettes de Favoritas. Me pareció que ese disco era como tener la oportunidad de escuchar el futuro (cuando Licensed.. ya llevaba 10 añotes de rodar por el mundo). La sensación de que muchas de las rolas me sonaban familiares; era como si algo de ellas ya habitara en mi mente solo que de ese disco salía mejorado: sí, el llamado sampleo (The Clash, Black Sabbath, Led Zeppelin). Tan elegante, tan sútil, nada como la mierda que hacen los Black Eyed Peas y esa gente.
Los Beastie Boys tomaron el hip hop, rap, pop, el punk y lo mezclaron todo en uno de esos licuados que te recomienda el instructor mamado del gym cuando intentas hacer pesas.
De este material no puedo hablar por partes. Cuando Licensed to Ill llegó a mí solo escuchaba Fight for... por todos los años de eriza que pasé sin poder poner la rola a voluntad. Sin embargo, hoy puedo decir que es un álbum que me encanta oír de principio a fin. Licensed to Ill es como un órgano vivo, late a su propia velocidad, tiene una función, un planteamiento de redondo, una manera de contarnos Nueva York.
Claro que Brass Monkey es un rolononón y no puedo dejar de bailar cuando escucho Girls, pero lo que más me gusta de este disco es que es celoso de sí mismo: o me escuchas todo o te pierdes de una pieza muy cabrona que describe gran parte de lo que fuimos el final del siglo XX.
Los Beastie son este tipo de visionarios que uno nomás no se explica cómo es que existen. Y aún no puedo creer que 20 años después de que ese gran disco viera la luz, yo haya tenido la oportunidad de verlos en vivo, por primera vez, en mi antitesis de ciudad, Toluca.
Como no tengo rola favorita, los dejo con el trailer de Scratch, uno de los documentales más chingones que he visto en mi vida: el primer virtuoso que sale es Mix Master Mike.
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martes 13 de marzo de 2012
#LifeisaMixtape Disco 7: Metallica, Ride the Lightning
Yo empecé mal con Metallica porque el primer CD que tuve de ellos fue el disco negro. No, no soy de la realeza metalera que los conoció a los 6 años y así. Yo me acomodé muy bien con el disco negro porque era como primo hermano de Use your illusion I. Casi hard rock, suavecito pero con guitarrazos machines y power balads. Perfecto pa las fiestas de la secu. Obvio, los hits del disco me aburrieron y llegó a mí -como una revelación- Wherever I May Roam: en Metallica habitaba otro grupo que yo no había escuchado y que iba a descubrir. Entonces Julio Regalado entró con todo y la Comercial Mexicana me ofreció dos discos: Master of Puppets y Ride the Lightning. Por supuesto los dos LP´s estaban en la pila de discos que nadie compraba, lejos, muy lejos de los de la Britney y de Planeta Paulina. Escogí la portada que más me gustó. Uno debe confiar en sus instintos. Llegamos a casa. Disco directo al reproductor de CD. Cara de papá de: ¿esto qué?. Yo en completa fascinación. Un principio demoledor. La prueba de que la furia que sentía por todo lo que me rodeaba había inspirado a unos señores de barba y pelo largo a desear muerte y destrucción a todo lo que se les posaba enfrente.
De este disco cabe resaltar dos cosas: que en este álbum todavía colaboró el occiso Cliff Burton y que Dave Mustein ya había sido dado de baja de la agrupación por su pequeño problemita con el alcohol (a pesar de que se le da crédito por dos rolas de este disco).
Ride the Lightning es una locomotora a toda velocidad, es como ese camión de Elm´s Street 2, es un vértigo perpetuo. Es un exceso al cerebro, una orgía de sonidos, es un disco agotador.
Ride the Lightning comienza con Fight Fire with Fire; un riff melódico que recuerda a la guitarra clásica de Rodrigo: la canción nos da la bienvenida los primeros 35 segundos, nos invita a pasar, a sentarnos, nos pregunta si queremos un poco de té. Y, de pronto, mierda, nos vemos amarrados a la silla mientras nuestro anfitrión está a punto de insertarnos un taladro en la cabeza. Violencia encabezada por la inconfundible voz de James Hetfield. La maestría de Hammet en el puntilleo del solo.
Pasamos de inmediato a Ride the Lightning. En esta canción uno empieza a preguntarse quién es más cabrón en la guitarra: si Hetfield o Hammet. Y es que, sin duda, Hammet tiene todas esas JoeSatrianadas que dan al grupo un sello de virtuosismo, de "vergas, no mames". Pero sin la poderosa, pesada y demoledora guitarra de Hetfield (no solo por su voz), Metallica no sonaría a lo que suena y esta canción es el perfecto ejemplo de eso.
Fade to Black es el límite preciso de lo que un metalero de corazón puede aceptar de las llamadas power balads: sí, un poquito de melancolía, un poquito de tranquilo, la oportunidad perfecta pa acercarse a la muchacha y darle un beso para luego atascarse en el fajoteo porque el potente final de la rola lo requiere.
Trapped Under Ice tiene impresa la velocidad a la que nos gusta vivir desde hace algunas décadas; este es un tema en el que se empieza a dibujar una fórmula que Metallica usaría en muchas de las canciones que compondrían en el futuro.
Escape es una canción rara en el contexto del disco: un poco más a heavy metal suavecito, un poco más armónica. Una canción en bloques, una propuesta diferente que sirve de puente para algo que todavía no logro descifrar. Llegamos a Creeping Death: frenética, colosal, de unos huevos excepcionales.
The Call of Ktulu es completamente instrumental. Inspirada en un relato de H. P. Lovecraft, esta rola marca un momento tremendo de Metallica: ¿qué son capaces de hacer sin la voz de James Hetfield?
Dejé para el final mi canción favorita: For Whom the Bell Tolls. Rola inspirada en el pasaje de la novela de Hemingway en el que un grupo de integrantes de las Brigadas Internacionales son masacrados por el enemigo en una colina cuando intentaban escapar de los fascistas (por supuesto, tomaron prestado el título de la novela)
For Whom... comienza con unas campanas espectrales para ser interrumpidas por el bajo de Cliff Burton, quien con el uso de la distorsión nos hace pensar que se trata de la guitarra de Hetfield. Y ahí comienza todo. No solo creo que este es uno de los mejores temas del metal, sino que me parece que de todas las canciones del disco es la que mejor refleja el tema central del disco: la muerte. Con esa marcha acompasada (chu chu chu chun, chu chu chu chun), uno solo puede pensar en la muerte caminando entre nosotros, observándonos, decidiendo.
Con una potencia inusual, For Whom... es una rola lenta pero cabronsísima; la profunda voz de Hetfield que nos retumba en el esternón y nos recuerda una y otra vez que somos mortales.
Ride the Lightning es la banda sonora que creó Metallica ante la provocación del tema de la muerte, ¡carajo, qué disco tan redondo y maravilloso crearon estos hijos de puta! Con referencias culturas, todas ellas interesantes y complejas, Metallica zarpó hacia un lugar en el que, con los años, acusarían a los usuarios de Napster de ladrones pueriles. Chale, mejor me quedo con los tipos que un día se metieron al estudio, se pusieron los huevos en su lugar y crearon esta joya del siglo XX.
Los dejo con el principio de Zombieland:
domingo 26 de febrero de 2012
#LifeisaMixtape Disco 6: Pink Floyd, The Wall
Nunca he podido hablar de este disco sin hacer referencia a la película. Roger Waters siempre se quejó de la adaptación cinematográfica que realizó Alan Parker. En un programa de radio, hace más de una década, Waters dijo: Era un poco desagradable para mí porque al final del día no sentía ninguna simpatía por el protagonista (Pink) que encarnaba Geldof. El impacto sobre los sentidos era tan continuo y fuerte que realmente no me permitió sentirme involucrado con él. Geldof es, sin duda, inmamable, más con su estilo Bono que incluye salvar al mundo sin desenvolsar un solo peso de sus bosillos. Sin embargo, creo que su interpretación de Pink es fantástica y combina a la perfección con las violentas y fumadas animaciones de Gerald Scarfe. Sí, Waters hizo una gira para mostrarnos su visión sobre The Wall, como siempre con Waters, no vaya a ser que nos perdamos SU visión sobre todo lo que el tipo reflexiona. Otro inmamable, genio, sí, pero inmamable.
Definitivamente Pink Floyd es un grupo grotesco. Habiendo ideado esto de The Wall porque un fan en Montreal se puso malacopa, todos los Floyds son unos reverendos idiotas. Son el típico ídolo que en cuanto los conoces quieres vomitar los años que pasaste pendientes de sus movimientos porque no son más que unos pobres pagados de sí mismos (por ejemplo, como Radiohead). Sin embargo, debo decir que su música me encanta. Sí, quizá por forever, quizá por fumada. Quizá porque son un bonche de pretenciosos con los que me siento identificada. Quizá porque me gustan los cánones establecidos y en mi lista no podía faltar Pink Floyd. Quizá porque a los 17 años debí tener otros amigos y escuchar música menos pose. Pero no, mi vida es así y en ese devenir, Pink Floyd siempre ha tenido un lugar importante.
La verdad es que de este disco se ha dicho tanto que no quiero aburrir a nadie con repeticiones absurdas. Quizá solo me atrevería a hablar de Comfortably Numb que, como pasa con cientos de miles, es mi canción favorita. Pero es mi canción favorita no por el reclamo sutil e irónico sobre lo extraordinario que es estar comodamente adormecido en este mundo, muchas veces, de mierda. Yo abrazo con el mismo amor ese adormecer continuo al igual que los despertares. Sin ese confort no sabríamos de lo otro; no podríamos distinguir lo vivo de lo programado; los límites de lo imposible; la vida de la matrix. Comfortably Numb es como un himno al que me abrazo, en el que me refugio, me lamo las heridas y observo a mi alrededor para ver de qué soy capaz. Comfortably numb, con su resueno estable, profundo y lineal provoca una fisura por la que, a veces, procuro sacar la cabeza para ver qué más hay allá donde no puedo (ni quiero) ver todos los días.
Los dejo con una versión en vivo donde los dos viejitos rabiosos, sabrá dios si por dinero o por nostalgia, decidieron tocar juntos esta inmensa canción:
sábado 25 de febrero de 2012
#LifeisaMixtape Disco 5: King Crimson, Red
Cuando estaba en el Tec tenía un maestro que se llamaba José Luis Cadena, ahora creo que es un alto funcionario del HHH instituto pero, en ese momento, era maestro del departamento de comunicación (cualquier cosa que eso signifique), era egresado de la UAM y era la única autoridad -de todo ese desagradable universo que crean las escuelas Tec- con el que me gustaba platicar.
José Luis fue mucho más amigo de Brenda que mío pero siempre me cayó muy bien. Recuerdo una de las pocas veces que lo fui a buscar yo sola; probablemente Brenda se había ido a echar el gallo madrugador o la chela con Gaby y Kika, y yo me quedé a fumar un cigarro (sí, antes se podía fumar en ese sacrosanto instituto), después de que terminó alguna de esas ridículas clases que dan en prepa y que tienen por nombre Panorama internacional o algo así. Fui al cubículo de José Luis y le dije que si me acompañaba por un cigarro. Él no fumaba, así que mientras yo estaba recargada en el barandal color azul escuela, exhalando humo y deseando profundamente echar un gargajo a cualquiera que pasara caminando dos pisos abajo de donde nosotros estábamos, José Luis comenzó a echar un choro inmenso sobre música. Me preguntó cómo iba nuestro grupo (Los extraños equis, los primeros XX, jaaaaa), cuáles eran nuestras influencias, etc. etc. y, de un momento a otro, comenzó a hablar de unos tal King Crimson. Me sonaron de hueva. Sin embargo, José Luis habló con un entusiasmo inusitado (siempre era muy parsimonioso en sus conversaciones y tenía una risa de esas que provocan más risas porque son entre horribles y cagadas). Me dijo que King Crimson eran los verdaderos dioses del progresivo (lo cual me dio todavía más hueva), que eran las mentes creativas de finales de los 70, que uno no podía jactarse de tener una banda y no conocer a King Crimson y que, la neta, eran mejores que Pink Floyd. Y fue ahí donde yo desperté de mi letargo adolescente y le dije que era un perfecto imbécil y que de ninguna manera había un grupo que fuera mejor que Pink Floyd (sí, sí, los 17 años). Nuestra conversación terminó con una risa de él que, en ese momento, interpreté como un triunfo pero ahora que lo pienso fue su forma de decirme: "Ay, pobrecita, estás reguey".
En aquel momento, los chavos comenzábamos a explorar la internet. Altavista era EL buscador y muchos de nosotros usábamos los chats escolares para hacer amigos, novios en línea y demás. Desde ese momento supe que me haría adicta a esto de la red. Pero lo que más me gustaba hacer era buscar canciones, historias de grupos, información sobre música. Y fue así como empecé a leer sobre King Crimson. Lo que más llamó mi atención fue el hecho de que más que un grupo, King Crimson era un concepto; que el único miembro permanente de la banda era un tal Robert Fripp, y que llevaban más de 11 años de no sacar un disco.
Por supuesto que en aquel momento uno no podía encontrar música en la red como ahora, así que anoté las referencias en mi libreta de música (era como un diario, qué oso), y la siguiente visita al Chopo me dediqué a buscar el disco. Lo encontré en cassette; lo compré a un tipo que lo grabó en su casa del LP, le sacó una miniatura en blanco y negro a la portada, y la dobló pa que cupiera en la caja del cassette. Me costó una lana. La grabación tenía esos dejos de arena que invaden los sonidos de las grabaciones monoaurales repletas de intentos fallidos de buena fidelidad.
Llegué a mi casa y me puse el walkman. Mierda, mierda, mierda.
Intenté compartir mi descubrimiento, así que les grabé una copia de mi copia a Brenda y Ramiro. Nada. Nadie comentó absolutamente nada de aquel pequeño tesoro que quise mostrarles.
Y es que Red es un disco para mutantes; para esos que durante años pensamos que no pertenecíamos a este planeta. Himno de los desadaptados que encontramos en él un refugio a la repetición. Un disco extravagante, lleno de ornamentos, de lenguaje cifrado.
Red vio el mundo en 1974. El disco solo cuenta con cinco canciones: cinco potentes, indescriptibles y cabronas canciones. El álbum abre con Red, la rola que da nombre al disco; instrumental, una de las pocas canciones que mastica el jazz y lo vomita para mostrarlo mejorado, oscuro, decadente. Fallen angel, canción hecha para la voz de John Wetton. Tristísimo tema en el que uno no puede más que hacer honor a sus pérdidas. One more rednightmare, según yo, es una de las influencias más notables en todo el rock mexicano como Caifanes, Santa Sabina, etc. etc. Providence es una improvisación de ocho minutos que comienza con un violín que actúa como flautista de Hamelin: te introduce en la melodía para luego sacudirte en sus fauses como un pequeño bicho que ha caído en la trampa y al que no le queda otra opción que esperar la muerte segura. El disco cierra con Starless, una de las canciones más bellas que he escuchado en toda mi vida. Desenlace preciso de un disco casi aterrador. Saxofón y oboe se entrelazan casi sexualmente con la voz del cantante hasta que la intromisión de la guitarra anuncia un jam de guitarra, bajo y batería que despierta una densidad extrema, deseos no confesados, oscuras motivaciones. A punto de un sinsentido, la guitarra anuncia el cambio de melodía para regresar al fraseo con el que comienza la canción, ocaso del tema y del disco. Potente final que parece repetirse pero con una fuerza mayor dotada por el bajo y la batería que se incorporan al estribillo musical del principio.
Y respiro un momento porque estoy a punto de colapsar.
Red fue pensado como un disco que debe escucharse cientos de veces para que en cada una de ellas encuentres un detalle que nunca antes habías notado. La prueba fehaciente de la unicidad que representamos y del milagro que somos. King Crimson, un risoma en medio de la constelación de los músicos que han tocado nuestras vidas.
Los dejo con Starlees y para todo aquel que tome antidepresivos le ruego no pique play porque no va a entender nada de nada:
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viernes 24 de febrero de 2012
#LifeIsaMixtape Disco 4: Led Zeppelin, Led Zeppelin
Y para no perder la costumbre, ahí estaba Maira de 6 añotes saltando la cuerda en la sala de su casa cuando su papá prácticaba air guitar con una canción que a niña Maira le empezó a generar cierta incomodidad; para cuando llegó el punto climático de la rola, Maira se cagó de miedo y se fue corriendo a la cocina con su mamá (sí, un poco miedosilla la chava). La mamá, quien nunca ha sido una persona muy musical, aprovechó el repentino sobresalto para decirle a su papá que le bajara a su concierto: "que no ves que espantas a la niña", dijo ella y papá puso cara de "¡ay, no mames!" pero, la neta, Maira-6-años sí estaba alterada, se le hacía como que esa música era mala (de maldad), del demonio ese del que le hablaban en el catecismo, ese que se aparecía si no compartía sus juguetes con sus hermanos y si le contestaba feo a su mamá. Sí, ese mismo cabrón había hecho una rola y su papá la escuchaba muy campante. Dudó de todo: ¿por qué si a su papá le gustaba la música del demonio, la mandaba al catecismo? Su primer acercamiento a los, ya tan citados por AMLO, complós de la derecha. Pos total que su papá no se quedó así como que muy contento con su reacción y la llevó ahí junto al reproductor de cassettes mientras le preguntaba por qué le daba miedo si esos gueyes eran el mejor grupo de la historia. Maira no dijo nada y se sentó a escuchar la explicación de algo inexplicable: su papá escuchaba música satánica.
Bueno, la canción a la que me refiero es Whole Lotta Love y lo que me sacaba de pedo es el viaje de guitarras, distorsiones y gemidos patrocinados por Robert Plant y Jimmy Page (viajesote que después emularían muchos grupos como Bauhaus, Nirvana, etc.) En el video que pongo, la cosa empieza en el minuto 1:17 y dura hasta el minuto 3:39.
En la secu, saber de Led Zeppellin me granjeó muchos amigos metaleros y el respeto de los expertos de música. Algo debía saber yo para conocer a los reyes del metal y, además de todo, ser una nerdaza. Para ese momento, conocía toda su discografía y mi máxima aspiración en la vida era: o tocar la guitarra como Jimmy Page o que me quedaran unos pantalones a la cadera enseñando vello púbico como a Robert Plant. Ninguna de las dos cosas pasó.
Todos los discos de Led Zeppelin me parecen grandiosos excepto Coda que, neto, se lo pudieron haber ahorrado. Sin embargo, mi disco preferido siempre será el primero. Pieza homónima, se lanzó en 1969; grabado en menos de dos días por 4 tipos sacados, básicamente, de la imaginación más retorcida del dios de la música; cuatro virtuosos que se encontraron en el camino para realizar una cogida masiva a todo aquel que escuchara lo que habían decidido crear juntos para el mundo.
Y todo empieza desde la portada, ¡Joder! ¡qué foto histórica! apenas a tono para lo que encierra el disco.
No tengo ni palabras para hablar de todo el álbum, así que me referiré a él como un gran masacote perfecto; dosificado como un disco que muestra el poder de un grupo que cambió la historia de la música; la muestra absoluta de que esos 4 eran capaces de hacer cualquier cosa: desde el soul más profundo hasta los acordes de cítara más elegantes -prestados de la música hindú- para darnos una pausa entre Your Timme Is Gonna Come y Communication Breakdown (pausa que se agradece profundamente porque sino explosión masiva de órganos).
El genio creador del término riff, Jimmy Page, nos deleita en todo el puto disco con las posibilidades infinitas de lo que él y su guitarra son capaces de hacer. Bonham, quien puso a los bateristas en el centro del mundo, lleno de técnica y de dos puños pesados, imprimió su sonido en cada una de las canciones que compuso Zeppelin. Jones, quien se negó a ser un acompañante más de ese monstruo peludo de guitarrista, tejió sus propios hilos con esa virtuosidad que hace babear a cualquiera y pensar que, frente a un bajista de este calibre, no le queda a uno más que mojar el calzón al máximo. Y la voz de Robert Plant, esa voz que es como un cable de alta tensión que te lleva de la suavidad a la locura con una maestría que da miedo.
Con todo eso se mostró Zeppelin al mundo y al mundo no nos quedó otra que arrodillarnos a sus pies.
Ahora bien, la única rola de la que sí hablaré aparte es mi rola favorita no solo del disco, sino del grupo: Babe, I´m gonna leave you.
Comenzaré citando a Zoso (Reseña de Led Zeppelin): "Al que no se le caigan los huevos al suelo nada más empezar “Babe I’m Gonna leave you” es que no es humano". Los arpegios del inicio; la voz de Plant que desde la entrada sabe que este será un viaje pesado; la canción no se trata de una amenaza, es la posición de un amor complejo, de un amor que no se circunscribe a la historia simplista, un amor valiente al que no le queda otra cosa que la tragedia. Siempre quise que un hombre me amara con la fuerza de esta canción; con la promesa de un amor que no sabe nada de sí mismo; con el poder de esa batería que destruye el interior de cualquiera. ¿Cómo sería un amor que desde un principio sabe que tendrá que irse, así, sin explicaciones complejas, sin promesas sobre el futuro, sin eternidad, sin todo eso que siempre deseamos del amor?
Bueno, hoy, más que nunca creo que hay que tener mucho cuidadado con lo que uno desea...
Cierro esta reseña con un video de Babe, I´m gonna leave you en vivo y con otra cita de Zoso: "(Babe, I´m gonna leave you) es un tema enfermizamente melancólico y, a la vez acogedor, lo he escuchado miles de veces".
jueves 23 de febrero de 2012
#LifeisaMixtape Disco 3: Rolling Stones, Aftermath
¿Los Rolling Stones están en todas las listas del mundo? Sí, en todas. En las que se tratan de cosas buenas y en las que se tratan de cosas malas. Recuerdo que mi papá me contaba sobre la rivalidad que había entre los fans de los Beatles y los fans de los Rolling Stones; por supuesto, los fans de los segundos eran más rockeros, agresivos, más quiénsabecómo. Ja. En realidad, las convergencias entre un fan de los Beatles y un fan de los Rolling Stones son casi todas, así que esa es una discusión, para mí, completamente bizantina.
Los Rolling Stones llegaron a mí como lo hizo toda la música que escuché hasta antes de los 6 años, es decir, porque le gustaban a mi papá. Mi primer recuerdo de una canción de los Rolling es She´s Like a Rainbow y la imagen es súper luminosa; un as que cruza la habitación y a su paso ilumina el polvo que, en ese momento, parece magia salida de quién sabe dónde. Risas y choque de vasos; mis tíos brindan con mi papá mientras preparan carne asada. En ese momento todo me parecía enorme: las sillas, los platos, los tenedores. Yo era parte de un mundo que no estaba a mi tamaño.
Pasó el tiempo y llegó a mí que Sympathy For The Devil (y luego el cover de Guns ´n Roses), y que si Gloria Trevi le hizo un cover a Satisfaction, y que si la ex de Bowie era la tal Angie a la que el exguapísimo Mick Jagger le cantaba con harto sentimiento, etc. etc. etc.
Pero fue hasta la universidad cuando descubrí Aftermath. Sexto disco de la banda (aparece dos años después de su primer álbum), tuvo dos versiones claramente diferentes: la gringa y la de UK. Yo me concentraré en la versión gringa, que es la que escuché por años. Cabe destacar que este fue el primer disco en el que la banda toca puras rolas que ellos crearon, lo que, como dice Wikipedia, afianza la calidad musical de sus integrantes y pone en evidencia que el cerebro tras bastidores, Brian Jones, perfecciona con sumo cuidado el ya probado dueto Richards-Jagger.
El disco empieza con Paint It, Black, así nomás, sin avisar. Por años tuve malos sueños gracias a las imágenes de Kubrick y a la música de los Rolling; por años he pensado que esa es una de las canciones más sensuales y devastadoras en el cúmulo de la música del mundo. A su paso lo destruye todo y en esa desolación como que uno, extrañamente, se siente acogido, silencio, atento.
Stupid girl, nada que ver con la canción de Garbage, se monta como segunda rola con un bajo preponderante, lo que genera una canción llena de ecos; melodía concava que no revela todo a primera vista.
Lady Jane se abre paso en el disco con su endulcorada melodía. It´s Not Easy, I am waiting y Going Home parecen encerrar en sí mismas lo que definió la conquista musical británica de los 60. Los obvios singles como Out of Time. Las reminiscencias de blues en todo el disco. Algunos teclados sicodélicos. Otra vez la experimentación de la época: el uso de instrumentos raros como la marimba o el xilófono.
Pero la canción que más me gusta de todo el disco es Under My Thumb. Como he dicho ya muchas veces, nada puede salir mal cuando una canción comienza con un par de golpes secos en la batería. La marimba hace su aparición casi hipnótica, parsimoniosa, para conducirnos por una melodía que por mucho tiempo fue víctima de las críticas feminazis. Pero la verdad es que Under My Thumb se erige como una oda a ese momento en el que los hombres se sienten atrapados por mujeres que los reducen a la nada con estrategias que solo son capaces de gestar las mujeres: un poco de desprecio, un poco de coqueteo, un poco de maldad. Y Jagger que canta con la cadencia de un hombre que no puede quedarse callado; que delata, que es víctima y cómplice.
La mejor intromisión de esta canción en el cine está en la peli de Scott Pilgrim, qué manera de describir ese momento cuando Ramona está a punto de irse que dejar que suene Under My Thumb.
Después de Aftermath vinieron los que son considerados los mejores discos de los Rolling (y décadas después aparecerían sus más grandes fracasos), pero para mí, este disco los representa en sus más básicos instintos.
Los dejo con Under My Thumb en vivo:
jueves 16 de febrero de 2012
El plagio: más que solo citas al cuadrado
La polémica que se ha desatado esta semana con respecto al premio Villaurrutia y la "separación temporal" de Sealtiel Alatriste de su cargo como Director de Difusión Cultural de la UNAM por ser acusado de plagio en varias ocasiones, me resulta un pretexto perfecto para escribir un par de cosas que hace un tiempo traigo atoradas en medio del tórax.
Sin duda, el que un escritor cometa plagio es el peor de lo pecados; es sobajar a su mínima expresión el hacer, el oficio de quien se jacta de, si bien no vivir de escribir, sí de ser un escritor. Y si avanzamos en la historia del señor Alatriste la cosa se pone terrible porque no solo ha plagiado, sino que es una autoridad de la casa de estudios más importante de México y, por si fuera poco, le pasan un varo por piratearse hasta la Wikipedia que, ora sí que -como quiera que sea- sí que la hemos escrito, literalmente, todos.
El hundimiento de Alatriste, sin duda, vino con la entrevista con Aristegui, donde el tipo -ya habiendo dicho que lo suyo eran citas al cuadrado- no aceptó ni negó el plagio, sino todo lo contrario; renunció al premio, y nos aclaró que "se separaba temporalmente" de su académico pero, sin duda, burocrático y jugoso puesto.
Pero lo increíble se suscitó después cuando en el Twitter una serie de personajes insinuaban que habíamos una bola de cretinos-moralinos, quienes nos dábamos golpes de pecho y que, ora sí que "qué tanto es tantito" y que nos calmáramos con los reclamos. Y entre esas personas, claro, estaba Guadalupe Loaeza, a quien se le descubrió su último plagio hace un poco menos de tres años en el periódico Reforma, y al que tuvo a bien contestar a una lectora: "mira, lo que pasa es de que estaba yo enferma y...", como si existiera una explicación convincente para argumentar que lo orillaron a uno a cometer plagio. Como si no existiera opción, como si plagiar no se tratara de una maldita decisión conciente, ora sí que pareciera que el plagio a la gente "se le chispa".
Yo aguardé paciente a ver si Denise Dresser opinaba algo al respecto, ya ven que ella siempre opina de todo, por supuesto para denotar los "sinembargos" más evidentes y los lugares comunes más recitados. Pero no, ni pío. Y es que la señora Dresser, tan criticona ella, tan moral, tan ávida de un México mejor, tan así, tan boquiabierta, pues sí, ella al igual que la Loaeza y que el señor Alatriste, le ha hecho al plagio con singular alegría. Están los mitos urbanos que dicen que se roba hipótesis de sus alumnos de Política Comparada y que luego los presenta como suyos en sus columnas, y que es el diablo, y que debajo de ese pelo con formas de orejas de French Poodle (o como dirían en Oaxaca, Freis pul), hay pura maldad. No lo sé, a mí no me consta. Lo que sí leí y tuve en mis manos fue una aclaración a un artículo que la opinionóloga escribió en Este País, que luego resultó que no era suyo como el 70% (no me crean el porcentaje, igual era más), a lo que argumentó que, al chile pelón, ella era una académica, periodista, madre de dos hijos y esposa, y que luego sí es bien difícil ponerse a escribir, y fijarse en las comillas, y cocinar, y dar clase, y chichi y todas las tareas propias de una mujer tan ocupada como ella.
Ella, quien siempre encuentra el frijol en el arroz, quien es muy puntillosa para enunciar una y otra vez lo mal que nos dejó el PRI y sus malditas mañas de sabandijas; nuestra comodina percepción sobre la corrupción; sobre el crimen; la enorme diferencia entre ricos y pobres, y el odio que nos tenemos unos a otros en este México tan hermoso (y espero que en este punto ya estén parados y aplaudiendo como cuando ella, en sus conferencias, nos abruma con semejantes "descubrimientos del hilo negro"). Ella tan fijada de los detalles no fue capaz de encontrar la tecla de las comillas en su ordenador.
Y entonces es cuando uno voltea a ver a Alatriste y a la Loaeza y a la Dresser, quienes -con más o menos empeño- se dedican a señalar lo males de México cuando lo único que hacen es contribuir de manera fehaciente a perpetuar esos llamados "males". Porque estos seudoescritores, seudointelectuales y seudoperiodistas no son diferentes en nada con respecto a esos que viven de "quedarse con un pesito de las licitaciones", y los que reciben mordidas, y los que te cobran un varo por pagar tu predial más rápido. Porque la señora Dresser nos recita con su estilo cuasiAdelaMicha, que va de a tres repeticiones (no vayamos a no entender la idea), que un buen ciudadano “no lleva a cabo una crítica rutinaria, monocromática, predecible”, a un buen ciudadano le “corresponde hacer las preguntas difíciles, confrontar la ortodoxia, desafiar los usos y costumbres de México”.
Pues alguien que plagió no es más que un vulgar subproducto de esa triste historia en la que "el que no tranza no avanza", "el que se mueve no sale en la foto", "pinche gato, no sabes con quién te metes", etc. etc. etc.
Que a muchos no les parezca reprochable que alguien cometa plagio, me resulta impensable. Que alguien se guarde la denuncia y el posicionamiento natural de reprobación ante este hecho tan lamentable como lo hizo Narro, el rector de la UNAM, abona a que ese priista que todos llevamos dentro sobreviva muchos años más.
Y como yo no soy de esa especie de "buenos ciudadanos" y no tengo ningún atisbo de superioridad moral o intelectual, y como a mí me gusta escribir, uso estas líneas como denuncia para mí misma, para recordarme que las preguntas son importantes; que debe uno vivir en el acecho de sí mismo; que uno no se puede permitir la instalación del paradigma este a toda madre en el que viven la Dresser, Alatriste y demases, quienes ante sus pobres discursos de "verdad" no temen anular, ya no las posibilidades de un país diferente, sino la de un "ellos diferente" en el que, por un momento, no solo importen los 15 minutotes de lo que su pobre percepción califica como fama; esos 15 minutos que son capaces de conseguir a costa de lo que sea.
Los dejo con dos links: una excelente reseña publicada en Letras Libres sobre el librazo de Denise Dreser, El país de uno y una respuesta de Javier Sicilia a Evodio Escalante (extraída de un tuit de Aurelio Asain), en la que, creo, queda muy bien explicado cuándo se comete plagio y cuándo no.
Reseña sobre el libro de la Dresser en Letras Libres
Respuesta de Javier Sicilia a Evodio Escalante
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